Barack Obama ha avanzado sobre una ola de popularidad sin precedentes en la memoria reciente de EE UU. No es un candidato, es un fenómeno nacional. Pero todas las olas, por grandes que sean, se estrellan algún día sobre la costa. Es posible que ese día sea el 4 de marzo.
Pero es posible que no. Obama no sólo recibió ayer múltiples llamadas de atención. También hubo buenas noticias. John Lewis, un congresista negro, veterano de la lucha por los derechos civiles y aliado de Clinton desde el comienzo de la campaña, anunció que se pasa al lado de Obama.
Además de lo que sirve en sí mismo, este gesto puede influir en el criterio de otros congresistas negros, valiosos, además, por su condición de superdelegados. Ese término se aplica a los cerca de 800 delegados que participarán en la convención sin haber sido elegidos en las urnas. Ostentan la condición de superdelegados todos los cargos electos demócratas, así como líderes sindicales y otras figuras notables elegidas por la dirección del partido. Sus votos, que podrían acabar decidiendo la candidatura, están libres de cualquier compromiso y pueden cambiar hasta el momento mismo de levantar la mano en la convención. La decisión de Lewis puede tener, por tanto, un efecto práctico a favor de Obama. Pero tiene, sobre todo, un efecto político: incrementa la credibilidad de su candidatura en un momento decisivo de la carrera.
[El ex presidente y padre del actual inquilino de la Casa Blanca, George H. Bush, anunciará la próxima semana su apoyo a John McCain como candidato republicano, según varios medios estadounidenses.]

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